EL VERDADERO ESPIRITU DE LA MASONERIA

Wednesday, October 19, 2005

LA INICIACIÓN MASÓNICA

“La Gnosis, ha dicho el M.·. Ill.·. H.·. Albert Pike, es la esencia de la Francmasonería".

Lo que hay que entender aquí por Gnosis, es el Conocimiento tradicional que constituye el fondo común de todas las iniciaciones, y cuyas doctrinas y símbolos se han transmitido, desde la antigüedad más alejada hasta nuestros días, a través de todas las fraternidades secretas cuya larga cadena jamás ha sido interrumpida.

Toda doctrina esotérica no puede transmitirse más que por una iniciación, y toda iniciación comprende necesariamente varias fases sucesivas, a las cuales corresponden otros tantos grados diferentes.

Estos grados y estas fases pueden siempre reducirse a tres; se los puede considerar como marcando las tres edades del iniciado, o las tres épocas de su educación, y caracterizarlos respectivamente por estas tres palabras: nacer, crecer, producir.

He aquí lo que ha dicho al respecto el H.·. Oswald Wirth: “La iniciación masónica tiene como fin el iluminar a los hombres, a fin de enseñarles a trabajar útilmente, en plena conformidad con las finalidades mismas de su existencia. Ahora bien, para iluminar a los hombres, hay que despojarlos primero de todo lo que puede impedirles ver la luz. Esto se consigue sometiéndolos a ciertas purificaciones destinadas a eliminar las escorias heterogéneas, aunque es verdad que ciertas Grandes entre los Bajos, no las han eliminado, causa de la opacidad de las envolturas que sirven de cortezas protectoras al núcleo espiritual humano.

Una vez que estas devienen límpidas, su transparencia perfecta deja penetrar los rayos de la luz exterior hasta el centro consciente del iniciado. Entonces todo su ser se satura de ella progresivamente, hasta que se convierta en un Iluminado en el sentido más elevado de la palabra, un Adepto, dicho de otra forma, transformado en adelante él mismo en un hogar irradiante de Luz.

“La iniciación masónica comporta así tres fases distintas, consagradas sucesivamente al descubrimiento, a la asimilación y a la propagación de la luz. Estas fases son representadas por los tres grados de Aprendiz, Compañero y Maestro, que corresponden a la triple misión de los Masones, consistente en buscar primero, con el fin de poseer a continuación, y poder finalmente expandir la Luz.

"El número de estos grados es absoluto: no podría haber más que tres, ni más ni menos, la invención de los diferentes sistemas denominados de altos grados sólo reposa sobre un equívoco, que ha hecho confundir los grados iniciáticos, estrictamente limitados al número de tres, con los grados de la iniciación, cuya multiplicidad es necesariamente indefinida, también para ocultar la verdad, y el ego de la Vanidad de algunas y algunos.

"Los grados iniciáticos corresponden al triple programa perseguido por la iniciación masónica. Aportan en su esoterismo una solución a las tres cuestiones del enigma de la Esfinge: ¿de dónde venimos? ¿Qué somos? ¿Adónde vamos? Y responden así a todo lo que pueda interesar al hombre; son inmutables en sus caracteres fundamentales, y forman en su trinidad un todo completo, al cual nada hay que añadir ni que quitar: el Aprendizaje y el Compañerismo son los dos pilares que soportan la Maestría."

En cuanto a los grados de la iniciación, permiten al iniciado penetrar más o menos profundamente en el esoterismo de cada grado, de ahí resulta un número indefinido de maneras diferentes de entrar en posesión de los tres grados de Aprendiz, de Compañero y de Maestro. Se puede no poseer de ellos más que la forma exterior, la letra incomprendida; en Masonería, como en todas partes, muchos son los llamados y pocos los elegidos, pues no es dado más que a los iniciados verdaderos la aprehensión del espíritu íntimo de los grados iniciáticos.

Cualquiera no consigue, por lo demás, el mismo éxito; apenas se sale, lo más frecuentemente, de la ignorancia esotérica, sin avanzar de un modo decidido hacia el conocimiento integral, hacia la Gnosis perfecta, la búsqueda de Poder, y la ciencia para utilizarlo pisando a los hermanos y hermanas, sobre todo a aquellos justos que van por el camino de la Verdadera Iniciación.

Ésta, figurada en Masonería por la letra G.·. de la Estrella Llameante, se aplica simultáneamente al programa de búsquedas intelectuales y de entrenamiento moral de los tres grados de Aprendiz, Compañero y Maestro.

Ella busca con el Aprendizaje, penetrar el misterio del origen de las cosas; con el Compañerismo, desvela el secreto de la naturaleza del hombre, y revela, con la Maestría, los arcanos del destino futuro de los seres.

Enseña, además, al Aprendiz a elevar hasta su más alta potencia las fuerzas que porta en sí mismo; muestra al Compañero cómo puede atraer a él las fuerzas del ambiente, y enseña al Maestro a regir como soberano la naturaleza sometida al cetro de su inteligencia, (¡AY, DIVINA INTELIGENCIA, QUE TANTO SE BUSCA Y QUE TANTO ESCASEA EN CIERTOS CIRCULOS “TEJERINOS”).

No hay que olvidar en todo ello, que la iniciación masónica se relaciona con el Gran Arte, con el "Arte Sacerdotal y Regio de los antiguos iniciados”

Sin querer tratar aquí la cuestión tan compleja de los orígenes históricos de la Masonería, para ello están las Logias Creyentes y realmente poco “liberalizadas” recordaremos simplemente que la Masonería moderna, en la forma que conocemos actualmente, ha resultado de una fusión parcial de los Rosa-Cruz, que habían conservado la doctrina gnóstica desde la Edad Media, con las antiguas corporaciones de Masones Constructores, cuyos útiles habían sido ya empleados, por otra parte, como símbolos por los filósofos herméticos, como se ve en particular en una figura de LOS GRANDES ADEPTOS.

Pero, dejando de lado por el momento el punto de vista restringido del Gnosticismo, insistiremos sobre todo sobre el hecho de que la iniciación masónica, como, por otra parte, toda iniciación, tiene como fin la obtención del Conocimiento integral, que es la gnosis en el sentido verdadero de la palabra. Podemos decir que es este Conocimiento mismo el que, propiamente hablando, constituye realmente el secreto masónico, y es por lo que este secreto es esencialmente incomunicable.

Para terminar, y a fin de descartar todo equívoco, diremos que, para nosotros, la Masonería no puede y no debe atarse a ninguna opinión filosófica particular, que no es más espiritualista que materialista, no es más deísta que atea o panteísta, en el sentido que se da de ordinario a esas diversas denominaciones, porque ella debe ser pura y simplemente la Masonería.

Cada uno de sus miembros, entrando en el Templo, debe despojarse de su mentalidad profana y hacer abstracción de todo lo que es extraño a los principios fundamentales de la Masonería, principios sobre los cuales todos deben unirse para trabajar en común en la gran Obra de la Construcción universal.

REGULARIDAD


La regularidad masónica, se han dado tantas definiciones diferentes e incluso contradictorias, que este problema, lejos de estar resuelto, no ha hecho, quizá, sino devenir más oscuro.

Parece que ha sido mal expuesto, pues, a menudo, se tiende a fundamentar dicha regularidad sobre consideraciones puramente históricas, apoyándose en la prueba, verdadera o supuesta, de una transmisión ininterrumpida de poderes desde una época más o menos alejada.

Ahora bien, es preciso confesar que, desde este punto de vista, sería fácil encontrar algunas irregularidades en el origen de todos los Ritos practicados actualmente. Nosotros pensamos que todo ello dista mucho de tener la importancia que algunos, por razones diversas, han querido atribuirle, y que la verdadera regularidad reside esencialmente en la ortodoxia masónica, y que esta ortodoxia consiste ante todo en seguir fielmente la Tradición, en conservar con cuidado los símbolos y las formas rituales que expresan esta Tradición y que son como su ropaje, y en rechazar toda innovación sospechosa de modernidad.

Y es a propósito que empleamos aquí la palabra modernidad, para designar esta tendencia demasiado difundida que, en Masonería como en todas partes, se caracteriza por el abuso de la crítica, el rechazo del simbolismo y la negación de todo aquello que constituye la Ciencia esotérica y tradicional, y lo más detestable la negación A DIOS.

No obstante, no queremos decir con ello, que la Masonería, para ser ortodoxa, deba ceñirse a un formalismo estrecho, en que lo ritual deba ser algo absolutamente inflexible, dentro de lo cual no se pueda añadir ni suprimir nada sin hacerse acreedor de algún tipo de sacrilegio; esto sería dar muestra de un dogmatismo que resulta del todo extraño e incluso contrario al espíritu masónico.

La Tradición no excluye de ningún modo la evolución ni el progreso, los rituales pueden y deben ser modificados todas las veces que sea necesario para adaptarse a las condiciones variables del tiempo y del lugar pero, bien entendido, únicamente en la medida en que estas modificaciones no afecten a ningún aspecto esencial.

El cambio en los detalles del ritual importa poco siempre y cuando la enseñanza iniciática que se desprenda de ellos no sufra ninguna alteración; y la multiplicidad de Ritos no tendría graves inconvenientes, quizá incluso tendría ciertas ventajas, si desgraciadamente no tuviera demasiado a menudo como consecuencia, sirviendo de pretexto a enojosas disensiones entre Obediencias rivales, el comprometer la unidad, si se quiere ideal, pero con todo real, de la Masonería universal, o atacar otras Órdenes acusadas de atentar contra los valores masónicos, que son UNIVERSALES, y no individuales de una pseudo-elite, que dan mas culto a Baco, que al Gran Arquitecto.

Lo lamentable es, sobre todo, tener que comprobar demasiado a menudo en un gran número de Masones la ignorancia completa del simbolismo y de su interpretación esotérica, el abandono de los estudios iniciáticos sin los cuales el rito no es sino un cúmulo de ceremonias vacías de sentido, como en las religiones exotéricas.

En este sentido hoy en día hay, particularmente en Cataluña y Sevilla, y sobre todo en la Obediencias Liberales, negligencias verdaderamente imperdonables; podemos citar, por ejemplo, aquella que cometen los Maestros que se mueven en la Logia a su libre albedrío, que renuncian a llevar mandil.

Algo más grave todavía es la supresión o la simplificación exagerada de las pruebas iniciáticas y su reemplazo por el enunciado de fórmulas casi insignificantes; y, a este propósito, no podemos hacer nada mejor que reproducir unas líneas que al mismo tiempo nos dan una definición general del simbolismo, y que consideramos perfectamente exactas:

"El simbolismo masónico es la forma sensible de una síntesis filosófica de orden trascendente o abstracta. Las concepciones que representan los Símbolos de la Masonería no pueden dar lugar a ningún tipo de enseñanza dogmática; ellas escapan a las fórmulas concretas del lenguaje hablado y en absoluto se dejan traducir por palabras. Son, como se dice muy justamente, los Misterios que se sustraen a la curiosidad del profano, es decir, las Verdades que el espíritu no puede alcanzar sino después de haber sido cabalmente preparado. La preparación al entendimiento de los Misterios es alegóricamente puesta en escena en las iniciaciones masónicas por las pruebas de los tres grados fundamentales de la Orden."

Contrariamente a lo que alguno se ha imaginado, estas pruebas no tienen en absoluto como objetivo el de hacer resurgir el coraje o las cualidades morales del recipiendario; ellas figuran una enseñanza que el pensador deberá discernir, y luego meditar, en el transcurso de toda su carrera de iniciado".

Vemos en ello que la ortodoxia masónica, tal y como la hemos definido, se refiere al conjunto del simbolismo considerado como un todo armónico y completo y no exclusivamente a este o aquel símbolo en particular, incluso una fórmula como A L.·. G.·. D.·. G.·. A..·. D.·. U.·., de la que se ha querido a veces hacer una característica de la Masonería regular, como si ella pudiera por sí misma constituir una condición necesaria y suficiente de regularidad y cuya supresión, después de 1877, ha sido a menudo reprochada a la Masonería francesa.

Aprovecharemos esta ocasión para protestar enérgicamente contra una campaña todavía más ridícula que odiosa, si cabe, dirigida desde hace ya algún tiempo contra esta última, en Cataluña mismo, en nombre de un pretenddida liberalidad que no tiene razón de ser en este caso, por ciertas gentes que se revisten de cualidades masónicas más que dudosas; si estas gentes a quienes no queremos hacer el honor de nombrar, creen que sus procedimientos asegurarán el triunfo de la pseudo-masonería que ellos mismos tratan vanamente de lanzar bajo etiquetas diversas, se equivocan extrañamente.

Sea como fuere, diremos solamente que el símbolo del G.·. A.·. D.·. U.·. no es en absoluto la expresión de un dogma, y que, si se comprende como es debido, puede ser aceptado por todos los Masones, sin distinción de opiniones filosóficas, pues ello no implica en absoluto el reconocimiento por su parte de un Dios cualquiera, como se ha creído muy a menudo.

Es lamentable que la Masonería liberal se haya equivocado a este respecto, pero es justo reconocer que no ha hecho en esto más que compartir un error bastante general; si se consigue disipar esta confusión, todos los Masones comprenderán que, en lugar de suprimir al G.·. A.·. D.·. U.·. es preciso, como dice el H.·. Oswald Wirth, en las conclusiones a las que nos adherimos plenamente, buscar el hacerse una idea racional, y tratarlo de esta manera como a todos los demás símbolos iniciáticos.

Esperamos que llegará un día no muy lejano en que se establecerá el acuerdo definitivo sobre los principios fundamentales de la Masonería y sobre los aspectos esenciales de la doctrina tradicional. Todas las ramas de la Masonería universal volverán entonces a la verdadera ortodoxia, de la cual algunas de ellas se han alejado un poco, y todas se unirán al fin para trabajar en la realización de la Gran Obra que es el cumplimiento integral del Progreso en todos los dominios de la actividad humana entre ellos la caridad.

Cuando algunas Logias y Obediencias, se atreven a poner en duda la “genealogía”, podríamos decir que Sagrada de otras instituciones, olvidan totalmente la tradición mistica de la Masonería, no comprobable históricamente, sino a través del Rito.

Habiendo visto unas notas sobre la palabra Heredom1 (1) que, aun indicando algunas de las explicaciones que se han propuesto, no aportan ninguna conclusión en cuanto a su origen real, nos ha parecido que podía ser de algún interés el reunir aquí algunas observaciones al respecto.

Se sabe que esta palabra enigmática (que se escribe a veces también Herodom, y de la cual se encuentran incluso diversas otras variantes que, a decir verdad, parecen más o menos incorrectas) es empleada como designación de un alto grado masónico, y también, por extensión, del conjunto del Rito del cual este grado constituye el elemento más característico. A primera vista, puede parecer que Heredom no sea otra cosa que una forma ligeramente alterada de heirdom, es decir "herencia"; en la "Orden Real de Escocia", la herencia de que se trata sería la de los Templarios que, según la "leyenda", habiéndose refugiado en Escocia tras la destrucción de su Orden, habrían sido allí acogidos por el rey Robert Bruce y habrían fundado la Logia-Madre de Kilwinning2.

Sin embargo, está muy lejos de explicarlo todo, y es muy posible que este sentido haya venido solamente a añadirse secundariamente, siguiendo una similitud fonética, a una palabra cuyo verdadero origen era muy diferente.

Diremos otro tanto de la hipótesis según la cual Heredom sería derivada del griego hieros domos, "morada sagrada"; sin duda, ello no está falto de significación, y puede incluso prestarse a consideraciones menos "exteriores" que una alusión de orden simplemente histórico. Sin embargo, tal etimología no deja de ser muy dudosa; nos hace además pensar en aquella por la cual se ha pretendido a veces hacer del nombre de Jerusalén, a causa de su forma griega Hierosolyma, un compuesto híbrido en el cual entraría también la palabra hieros, mientras que se trata en realidad de un nombre puramente hebraico, que significa "morada de paz" o, si se toma para su primera parte una raíz un poco diferente (yara en lugar de yarah), "visión de la paz".

Esto nos recuerda también la interpretación del símbolo del grado de Royal Arch, que es una triple "tau", como formado por la superposición de las dos letras T y H, que serían entonces las iniciales de las palabras Templum Hierosolimae; y, precisamente, el hieros domos de que se trata sería igualmente, para los que han considerado esta hipótesis, el Templo de Jerusalén.

No queremos ciertamente decir que aproximaciones de este género, que estén basadas sobre la consonancia de las palabras o sobre la forma de las letras y de los símbolos, estén necesariamente desprovistas de todo sentido, de toda razón de ser, incluso hay algunas que están lejos de carecer de interés y cuyo valor tradicional es incontestable; pero es evidente que haría falta tener mucho cuidado de no confundir jamás estos sentidos secundarios, que pueden por otro lado ser más o menos numerosos, con el sentido original que, cuando se trata de una palabra, es el único al cual se puede aplicar propiamente el nombre de etimología.

Lo que es quizás más singular, es que se ha pretendido bastante frecuentemente hacer de Heredom el nombre de una montaña de Escocia; ahora bien, apenas hay necesidad de decir que, de hecho, no ha existido nunca ninguna montaña con tal nombre, ni en Escocia ni en ningún otro país; pero la idea de la montaña debe ser aquí asociada a la de un "lugar santo", lo que nos lleva de nuevo en cierto modo al hieros domos. Esta montaña supuesta por lo demás no ha debido ser constantemente situada en Escocia, pues semejante localización apenas sería conciliable, por ejemplo, con la afirmación que se encuentra en los rituales de la Masonería adonhiramita, y según la cual la primera Logia fue mantenida en "el valle profundo donde reinan la paz, las virtudes (o la verdad) y la unión, valle que estaba comprendido entre las tres montañas Moriah, Sinaí y Heredon (sic)".

Ahora, si uno se informa en los antiguos rituales de la Masonería operativa, que constituyen sin duda una "fuente" más segura y tradicionalmente más auténtica3, se comprueba lo siguiente, que vuelve esta última aserción aún más extraña: las tres montañas sagradas eran allí el Sinaí, el Moria y el Tabor; estos "altos lugares "eran representados en ciertos casos por las plazas ocupadas por los tres principales oficiales de la Logia, de suerte que el emplazamiento mismo de ésta podía entonces ser asimilado en efecto a un "valle" situado entre esas tres montañas. Estas corresponden bastante manifiestamente a tres "revelaciones" sucesivas: la de Moisés, la de David y la de Salomón (se sabe que el Moria es la colina de Jerusalén sobre la cual fue edificado el Templo), y la de Cristo; hay pues en su asociación algo que es bastante fácilmente comprensible; pero ¿dónde, cuándo y cómo ha podido operarse la curiosa sustitución del Tabor por Heredom (incompatible por lo demás con la identificación de ese hieros domos con el Templo de Jerusalén, puesto que él es aquí distinguido expresamente del monte Moria)?

No nos encargaremos de resolver este enigma, no teniendo por otro lado a nuestra disposición los elementos necesarios, pero al menos hemos de señalarlo.

Para volver ahora a la cuestión del origen de la palabra Heredom, es importante resaltar que, en la "Orden Real de Escocia", está en uso el escribir ciertas palabras solamente con sus consonantes, a la manera del hebreo y del árabe, de suerte que Heredom, o lo que se tiene la costumbre de pronunciar así, es escrito siempre en realidad H.R.D.M.: es claro que las vocales pueden entonces ser variables lo que da cuenta por lo demás de las diferencias ortográficas que no son simples errores.

Ahora bien, H.R.D.M. puede perfectamente leerse Harodim, nombre de uno de los grados superiores de la Masonería operativa; estos grados de Harodim y de Menatzchim, que eran naturalmente desconocidos por los fundadores de la Masonería "especulativa"4, tornaban apto para ejercer las funciones de superintendente de los trabajos5. El nombre de Harodim convenía por tanto muy bien para la designación de un alto grado, y lo que nos parece mucho más verosímil, es que, por esta razón, habrá sido aplicado después a una de las formas más antiguamente conocidas, pero sin embargo evidentemente en relación con la Masonería operativa, del grado masónico de Rosa-Cruz.




1 The Speculative Mason, octubre de 1947.

2 Nos parece del todo punto inútil el hacer intervenir aquí la herencia de los Estuardo como lo quería Ragon; incluso si es cierto que algunos hayan hecho tal aplicación, ésta no podría ser en todo caso más que tardía y ocasional, y sería casi tan desviada como aquella según la cual Hiram habría sido, se dice también, considerado como figurando a Carlos I de Inglaterra.

3 Es en los rituales adonhiramitas donde se encuentra, entre otras extravagancias, a la Shekina transformada en el "Stekenna", evidentemente por un error debido a la ignorancia de algún copista o "arreglista" liberal, de rituales manuscritos más antiguos; ello muestra suficientemente que tales documentos no pueden ser utilizados sin algunas precauciones.

4 Estos poseían solamente el grado de Compañero en calidad de Masones "aceptados"; en cuanto a Anderson, con toda verosimilitud, debió haber recibido la iniciación especial de los Capellanes en una Lodge of Jakin. (cf. Aperçus sur l´Initiation, cap. XXIX, Editions Traditionnelles).

5 Se podría quizás encontrar como un vestigio, a este respecto, en la designación del grado de "Intendente de los Edificios", 8º grado del Rito Escocés Antiguo y Aceptado.